Opinión: El Chile real de ‘El Reemplazante’

reemplazante3.jpg

Es de esperar que esta “puesta al día”, que se echaba de menos a gritos, sea sólo el inicio de una senda de exploración de una TV menos enclaustrada en los réditos fáciles del marketing banal, y más atenta y fiel a los dramas y tensiones sociales que realmente sacuden el país.

Con el movimiento estudiantil como la principal noticia del último año, y sus líderes elevados al nivel de figuras nacionales –a veces incluso planetarias–, resultaba no sólo extraño sino francamente preocupante que la televisión no hubiera abordado el tema, y siguiera presentando teleseries y producciones dramáticas ambientadas en el “País de nunca jamás”.

Ahora TVN se atreve por fin con el desafío, lanzando la muy buena producción “El Reemplazante”, ambientada en un colegio de bajos recursos de Santiago. Emerge aquí el Chile real, ni siquiera de la marginalidad más dura y contracultural, sino simplemente de las villas y blocks de vivienda social que pueblan la mayoría de las comunas de Santiago y de todas las ciudades de Chile.

Se trata de un Chile que a duras penas hace su ingreso en la pantalla chica, dominada histéricamente por el ambiente del barrio alto, departamentos que parecen sacados de series gringas, y una multitud de personajes preguntándose eternamente si tener o no tener sexo (si bien optan en general por lo primero).

En este sentido, lo que más me ha agradado del “El Reemplazante”, es la presentación de una semiología que se aparta por fin del neurótico cuiquerío de las nocturnas, asediado interminablemente por conflictos seudo-freudianos, al ritmo de las cantantes pop de moda, para dar espacio en vez a las vistas típicas de nuestras ciudades, los blocks, los peladeros, las pasarelas, los muros semi derruidos disputados por los grafittis.

De pasada, “El Reemplazante” se da tiempo para poner la cámara en aquello que el sistema no quiere ver, los jóvenes semi-marginales, sin mucho futuro, que son en la práctica el “desecho” de un sociedad que ofrece “éxito” para algunos, mientras que a otros los excluye,  muchas veces en verdad los pisotea, como dice Anita Tijoux en el tema asociado.

La serie entra también en el tema que ha remecido al país en el último año, mostrando por dentro y de manera directa, los efectos de un sistema educacional que funciona sobre la base de la competencia, el copago, el lucro y la selección de los alumnos  (a pesar de que esta última es ilegal, pero eso en Chile ¿a quién le importa?).

Es a partir de este sistema educacional tan particular nuestro, que cuando llega a un barrio un colegio un poco mejor y con mayores recursos (ya sea de un empresario, o de una institución religiosa), lo único que hace es “capturar” gradualmente aquellos alumnos con más recursos, con más facilidades para el estudio, o de familias con mejor educación. Es lo que se conoce como el “descreme”, la captura de los alumnos más aventajados por parte de colegios más atractivos, dejando aquellas instituciones más precarias, y que no pueden seleccionar, a cargo de los alumnos con más dificultades.

Esta es la otra cara de la “oportunidad” educacional de un liceo de excelencia, pues aquellos establecimientos que contaban solo con algunos alumnos particularmente problemáticos o vulnerables, se transforman crecientemente en guetos de pobreza, marginalidad dura, muchas veces de delincuencia abierta.

Abandonados a su suerte en una ambiente cada vez más empobrecido y por lo tanto menos atractivo para familias con más recursos, los alumnos que no tienen la suerte de poder acceder a un mejor colegio, se hunden inevitablemente. Son las víctimas, aquellos que el sistema “sacrifica”, el “costo” que hay que pagar a cambio de que otros salgan adelante.

“El Reemplazante” tiene así la virtud de poner el lente –aunque sea tangencialmente–, el lado más sensible de sistema educacional que hoy está en tela de juicio, el de las víctimas, distantes y marginadas, esas que muchas veces ni siquiera marchan, que no tiene voz en la pantalla chica, a no ser en el caso de algún humorista o futbolista que casualmente alcance la fama.

No todo es perfecto por supuesto en este ejercicio bastante inédito para la televisión chilena de dar voz a los sin voz. A veces, por ejemplo, el lenguaje marginal o “flaite” aparece un poco impostado, demasiado centrado en un par de expresiones típicas, que recuerdan más bien los giros que ocupan los hipsters cuando tratan de imitar el lenguaje flaite (“entera de rica”, “pónele color”, “la vendiste”). Sin ser experto en el tema, esta es la impresión que me da a mí al menos, de seguro los televidentes podrán tener otra.

Creo que hay también algunos desaciertos incómodos en la ambientación y caracterización de personajes. Puedo estar equivocado –y de nuevo tocará a quienes vean la serie, juzgar por sí mismos–, pero me pareció extraño que la casa de unos delincuentes tuviera piso flotante, y también la personificación, el vestuario y el lenguaje de la apoderada que asiste a la escuela para denunciar a un profesor. Esa señora parecía sacada “Los ‘80”, no de un sector marginal del Santiago actual. Se equivocó de serie.

Pero más allá de estos detalles, que los televidentes tendrán oportunidad de juzgar por sí mismos (y de hecho es parte del juego), lo realmente es valorable es que un canal se haya atrevido a dar cauce a esta producción. Es de esperar que esta “puesta al día”, que se echaba de menos a gritos, sea sólo el inicio de una senda de exploración de una TV menos enclaustrada en los réditos fáciles del marketing banal, y más atenta y fiel a los dramas y tensiones sociales que realmente sacuden el país.

Por Pablo Torche. / Vía ElDinamo.cl

 

volver