El subempleo, la cara oculta tras el supuesto pleno empleo

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Columna de opinión de Gonzalo Durán Sanhueza Economista de la Universidad Católica de Chile y Magister en “Economía Laboral Aplicada al Desarrollo” de la Universidad de Turín y actualmente director de la Fundación SOL y coordinador del área de Salarios y Desigualdad.

Subempleo son las personas que trabajan pocas horas a la semana, quieren trabajar más, y están disponibles para ello. Hablamos, por ejemplo, del vendedor ambulante, muchas veces informal, la mayoría sin protección social, que trabaja 5 horas al día. Es fácil imaginar este tipo de trabajos. A la salida del metro, en las calles del centro, en las playas del litoral central, etc. Pero también, en lugares donde supuestamente uno esperaría empleos más robustos: en multitiendas, en los supermercados, entre otros.

La encuesta de la Universidad de Chile hoy nos informa que el Gran Santiago tiene un 5,2% de desempleo. Es algo que no se puede despreciar. Sin duda es una señal de avance cuantitativo, mas no necesariamente cualitativo. Para ver esta dimensión es interesante abordar un panorama nacional, que se puede esbozar desde los datos del INE. El subempleo, que no es reportado por la encuesta de la U. de Chile, forma parte de la cara oculta del diagnóstico que esbozan las autoridades y el establishment hoy por hoy en nuestro país.

A nivel mundial, el subempleo es parte del anillo central en la discusión sobre empleo, pues encara una parte relevante de un fenómeno ingente a nivel global, el crecimiento del precariado (trabajadores asalariados precarios), que en Chile se manifiesta en la formalización “precarizante”.

Y es que tiene todo sentido preocuparse. Pensemos en un supermercado que de un día a otro despide a todos sus trabajadores (que en teoría tenían una jornada de 45 horas semanales) y decide contratar al doble de trabajadores, pero con jornadas de 20 o 30 horas a la semana. En estricto rigor, duplicó los puestos de empleo y seguramente redujo el desempleo local, pero ¿a costa de qué? de un desempleo a “tiempo parcial”. A modo ilustrativo, subyace la frase “quiero trabajar tiempo completo, pero sólo encontré empleo de 20 horas, ergo, tengo un desempleo de tiempo parcial de 25 horas”.

De acuerdo a la poco analizada Nueva Encuesta de Empleo del INE, el subempleo en Chile llega al 55% del total de trabajadores de tiempo parcial. Dicha cifra constituye el mayor registro dentro de los países de la Unión Europea (donde el promedio es 21%), y eso que están en plena crisis. Si consideramos las horas promedio que trabajan los subempleados en Chile, los resultados son concluyentes: 17,4 horas a la semana (3,5 horas al día haciendo el hipotético ejercicio de dividir la semana en 5 días hábiles). Y al mirar la evolución en el tiempo, la gravedad del fenómenos se refuerza: en 1997 era de 30%, hoy supera el 50%. Los tiempos cambian y el subempleo ha llegado para quedarse.

Para reconocidos premios nobeles en economía como Paul Krugman y Joseph Stiglitz, no es posible referirse a pleno empleo sin antes controlar el subempleo. En esta lógica, y tomando los datos del INE, es una falacia pretender situar a Chile en una situación de pleno empleo.

Ahora bien, a la sub-utilización de la fuerza de trabajo, se añade una pauperizada situación salarial.

¿Qué pasa con nuestro país, que el 50% de los trabajadores obtiene menos de $251.620, (según Casen) o, tomando los datos de la encuesta de la Universidad de Chile para el Gran Santiago, el 50% gana menos de $300 mil )?, ¿Por qué el 50% de los trabajadores dependientes es más pobre – un 4,3% más pobre – en el 2011 que en 2009 (según Casen)?

Los sueldos en Chile son bajos, qué duda cabe. En términos proporcionales, quien trabaja pocas horas, obtiene un sueldo aún más exiguo que el nivel salarial expuesto anteriormente (los subempleados exhiben una mediana salarial de $86 mil pesos al mes, según encuesta NESI).

La estrategia patronal de sustitución de trabajo de tiempo completo por trabajo de tiempo parcial “involuntario”, de pocas horas, sugiere un mecanismo de reducción en el valor del trabajo, situación que refuerza el desdén de la elite política en estas lides.

No se trata de decir que nada bueno hay en las recientes cifras publicadas. De hecho, es algo que se corresponde con una situación de crecimiento del país. Sin embargo, es preciso no caer en celebraciones sin tener en cuenta la forma en que Chile crece y el tipo de empleo que está creando. Justamente este tipo de empleos, de baja calidad, son los que primero se desvanecen ante una situación de contracción, de la que ningún país está completamente a salvo. Son empleos de cristal.

Entonces, preguntémonos por nuestro modelo de desarrollo, hoy rentista, que carece de una política industrial que permita crear empleos de calidad; por la distribución de la riqueza, donde los trabajadores no tienen ningún poder; y por cómo revalorizamos el trabajo.

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